Tengo yo amigos muy cultos que campechanamente debaten sobre asuntos que a mí me traen al fresco. No sé si me importan tan escasamente porque no me estimulan en absoluto ( yo, convenientemente estimulado, soy un hacha ) o porque no los entiendo lo más mínimo. La política exterior de Suiza, pongo por caso, no ha ocupado jamás un momento de mis distracciones intelectuales. Tampoco las causas del declive del comunismo en el mundo. Mis amigos, en cambio, se emplean a fondo y se les ve un entusiasmo tan encomiable que dan ganas, la verdad, de coger unos diarios, en fin, de comprar algunos libros de ensayo que me pongan al día. Yo ya únicamente alcanzo a entusiasmarme por algunos películas en blanco y negro o, a lo sumo, por el gol que mi zaga colchonera pueda meter en el último minuto para arruinarles la noche a quienes, en prensa, ningunean a mi Atleti, que vale mucho, aunque sea pupas, pero tendré que enfrascarme con la política exterior helvética o con los vericuetos de la geopolítica en este comienzo de siglo para ponerme a su altura y así no tener que tragar lunes a lunes sus risas cuando abrimos en la oficina el Marca y me pasan por los morros los dolores de mi club.