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Si han sido lo suficientemente amables como para entrar aquí, no dejen de serlo en la que viene empujando, que promete más y mejor, si no me falla la salud ni el empeño.

HINCHA

Tengo yo amigos muy cultos que campechanamente debaten sobre asuntos que a mí me traen al fresco. No sé si me importan tan escasamente porque no me estimulan en absoluto ( yo, convenientemente estimulado, soy un hacha ) o porque no los entiendo lo más mínimo. La política exterior de Suiza, pongo por caso, no ha ocupado jamás un momento de mis distracciones intelectuales. Tampoco las causas del declive del comunismo en el mundo. Mis amigos, en cambio, se emplean a fondo y se les ve un entusiasmo tan encomiable que dan ganas, la verdad, de coger unos diarios, en fin, de comprar algunos libros de ensayo que me pongan al día. Yo ya únicamente alcanzo a entusiasmarme por algunos películas en blanco y negro o, a lo sumo, por el gol que mi zaga colchonera pueda meter en el último minuto para arruinarles la noche a quienes, en prensa, ningunean a mi Atleti, que vale mucho, aunque sea pupas, pero tendré que enfrascarme con la política exterior helvética o con los vericuetos de la geopolítica en este comienzo de siglo para ponerme a su altura y así no tener que tragar lunes a lunes sus risas cuando abrimos en la oficina el Marca y me pasan por los morros los dolores de mi club.

EL GEN DE DIOS

Estoy detrás de un poema de Gil de Biedma en el que el hombre se quejaba de los inviernos duros y luego fatigaba el litoral catalán por ver si llovía o no. Era algo así: recuerdo detalles inconexos. Yo no aseguraría ahora si es de Gil de Biedma o es de Ángel González y en vez del litoral catalán era el cántabro o el andaluz. Vengo notando que pierdo la noción exacta de las cosas. Parece confirmarse lo que ya barruntaban mis abuelos: que se adelantan las lluvias y el gobierno, reunido en emergencia, ha dicho que a río revuelto, ganancia de poetas, que a todo los poetas le sacan punta, afiladores del mal ajeno y testigos convulsos del rocío en la madrugada.

Los años cobran siempre sus tasas: esto ya lo he escrito por algún lado, pero me conforta. También he garabateado alguna impresión sobre la niebla: ” a ras de niebla, Dios oye el latido del mundo”, pero no tengo la certeza de que sea mío del todo. Igual es de un poeta ruso de librería de La Corredera, en Córdoba.

Si Dios oyera mi latido, estaría perdido. El azar no me obsequió con la fe: me abasteció de vicios, me blindó exquisitamente contra el aburrimiento, pero no me dio esa sensibilidad para ver, entre la retorcida usura del mundo, la voz de Dios, el ojo de Dios, el manto benéfico de su pristina Palabra. Juro que lo he intentado, juro que he asistido a todos los actos en los que pudiera empaparme de su obra, aunque salí más enconadamente enfrentado a sus cofrades, a quienes vocinglan su parlamento. Si Dios oyera mi latido, sabría cuántos pájaros vuelan en este instante por encima del tejado de mi casa. Así era el argumentum ornitologicum de Borges. O era Milan Kundera. O tal vez ninguno y todo se avenga a la febrilidad de mi memoria que, al no precisar, desbarra y fomenta que cuanto digo pueda parecer impostado, levantado desde el hastío hasta el aire, sin esfuerzo, para que picoteen las nubes.

Dean Hamer escribe El gen de Dios ( La esfera de los libros, 2.006 ). Reconocido microbiólogo, se vuelca a investigar si nuestra sensibilidad hacia lo religioso depende de algún mecanismo genético. Al carajo la Cultura. Todo se queda en arcano ADN. La policía Científica será, en adelante, el Tribunal de la Santa Inquisición Moderna.

“En cualquier caso, me temo que todas las infancias son la misma infancia: un aprendizaje del terror, un adiestramiento para poder pasarnos el resto de nuestra vida temblando de confusión y de miedo sin que se nos note demasiado, con una mano vanidosa presta en la cintura, distrayendo la llegada del momento de nuestra muerte con la filatelia o con la numisnmática, con expediciones científicas por regiones hostiles o con la ayuda de espejismos intelectuales, con el amor o la teología, esas dos supersticiones que, generación tras generación, nos consuelan de nuestra intrascendencia, porque, se mire como se mire, un universo es siempre una cosa demasiado grande para cualquier conciencia individual…”

(Felipe Benítez Reyes, Mercado de espejismos, 2.006)

PIN

la abeja industriosa siempre está dispuesta a navegar un terrón de azúcar

En el vértigo encuentra su eco el pájaro

( Rafael Pérez Estrada )

“Hay errores tan monstruosos que no es posible arrepentirse de ellos”

(Edwin Arlington Robinson )

Hay días en que tienes / toda la carne muy mal abotonada

( Manuel Vázquez Montalbán )

El  mejor marrano es el marrano muerto. Borges, que no poetizaba con cochinos, lo decía de más elegante manera: ” Sólo es nuestro lo que perdimos “.

CATEDRAL

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catedral en ruinas: el fracaso de la inteligencia, la barbarie del catecismo de los escombros, la fe demolida, el tiempo detenido

PAMPERO

en noches como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo, desaloja primero la voz, luego me arresta en el hueco del sueño, ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios el aire sublime de toda esta pereza increíble, esta soledad ahora ya pura o será el ron y la luz delicada del flexo en los cubitos y la lengua flambeada de vértigo

Estoy detrás de un poema de Gil de Biedma en el que el hombre se quejaba de los inviernos duros y luego fatigaba el litoral catalán por ver si llovía o no. Era algo así: recuerdo detalles inconexos. Yo no aseguraría ahora si es de Gil de Biedma o es de Ángel González y en vez del litoral catalán era el cántabro o el andaluz. Vengo notando que pierdo la noción exacta de las cosas. Parece confirmarse lo que ya barruntaban mis abuelos: que se adelantan las lluvias y el gobierno, reunido en emergencia, ha dicho que a río revuelto, ganancia de poetas, que a todo los poetas le sacan punta, afiladores del mal ajeno y testigos convulsos del rocío en la madrugada.

Los años cobran siempre sus tasas: esto ya lo he escrito por algún lado, pero me conforta. También he garabateado alguna impresión sobre la niebla: ” a ras de niebla, Dios oye el latido del mundo”, pero no tengo la certeza de que sea mío del todo. Igual es de un poeta ruso de librería de La Corredera, en Córdoba.

Si Dios oyera mi latido, estaría perdido. El azar no me obsequió con la fe: me abasteció de vicios, me blindó exquisitamente contra el aburrimiento, pero no me dio esa sensibilidad para ver, entre la retorcida usura del mundo, la voz de Dios, el ojo de Dios, el manto benéfico de su pristina Palabra. Juro que lo he intentado, juro que he asistido a todos los actos en los que pudiera empaparme de su obra, aunque salí más enconadamente enfrentado a sus cofrades, a quienes vocinglan su parlamento. Si Dios oyera mi latido, sabría cuántos pájaros vuelan en este instante por encima del tejado de mi casa. Así era el argumentum ornitologicum de Borges. O era Milan Kundera. O tal vez ninguno y todo se avenga a la febrilidad de mi memoria que, al no precisar, desbarra y fomenta que cuanto digo pueda parecer impostado, levantado desde el hastío hasta el aire, sin esfuerzo, para que picoteen las nubes.

 Dean Hamer escribe El gen de Dios ( La esfera de los libros, 2.006 ). Reconocido microbiólogo, se vuelca a investigar si nuestra sensibilidad hacia lo religioso depende de algún mecanismo genético. Al carajo la Cultura. Todo se queda en arcano ADN. La policía Científica será, en adelante, el Tribunal de la Santa Inquisición Moderna.

HINCHA

Tengo yo amigos muy cultos que campechanamente debaten sobre asuntos que a mí me traen al fresco. No sé si me importan tan escasamente porque no me estimulan en absoluto ( yo, convenientemente estimulado, soy un hacha ) o porque no los entiendo lo más mínimo. La política exterior de Suiza, pongo por caso, no ha ocupado jamás un momento de mis distracciones intelectuales. Tampoco las causas del declive del comunismo en el mundo. Mis amigos, en cambio, se emplean a fondo y se les ve un entusiasmo tan encomiable que dan ganas, la verdad, de coger unos diarios, en fin, de comprar algunos libros de ensayo que me pongan al día. Yo ya únicamente alcanzo a entusiasmarme por algunos películas en blanco y negro o, a lo sumo, por el gol que mi zaga colchonera pueda meter en el último minuto para arruinarles la noche a quienes, en prensa, ningunean a mi Atleti, que vale mucho, aunque sea pupas, pero tendré que enfrascarme con la política exterior helvética o con los vericuetos de la geopolítica en este comienzo de siglo para ponerme a su altura y así no tener que tragar lunes a lunes sus risas cuando abrimos en la oficina el Marca y me pasan por los morros los dolores de mi club.

PUBIS

Uno de los cuentos más cortos que yo he leído lo firma Augusto Monterroso. Lo transcribo: ” Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí “.

 La economía de medios puesta al servicio de la eficacia narrativa es de agadecer en estos tiempos de vértigo y de desazón espiritual. Yo mismo, antaño voraz lector, no leo ahora tanto. Cuesta encontrar autores a la Monterroso: que con una línea despachen un cuento y nos dejen, en el butacón, arrebujaditos, contentos de esa prosa contenida, esplendorosa.

 Hay un escritor bonaerense llamado Armando Cienfuegos que gusta de estas menudencias a la hora de escribir. Tiene un volumen con más de cien cuentos.

Uno dice: ” La muchacha negra se tumbó en la arena y contempló el cielo “.

Otro: ” He visto morir esta noche al perro de Arquímedes “.

O: “Las doce hijas de Alfonso Pérez Hurtado no tienen corazón “.

En una reducción necesaria para que el cuento se avenga a esta formula expresiva de contención y minimalismo purísimo, Cienfuegos reelabora sus cuentos. El de la muchacha negra tumbada en la arena pasa a la muy sucinta expresión “Muchacha y arena “. El del perro, “Arquímedes, perro, muerte “. Se propone ir más lejos y obviar todo componente semántico, pero todavía no ha dado con una fórmula satisfactoria.

Algunos de sus nuevos cuentos son: “Luz”, “Kiwis mecánicos”, “Orilla Brooklyn” o “Reina veinte”. El mejor, a mi entender, se llama “Pubis”. Eso de pubis me acaba siempre de gustar muchísimo.

AFUERA

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pensar es una actitud de riesgo, una invitación al desorden, escribir es ordenar el riesgo, la vida está siempre por debajo o por encima de la escritura, se vive al margen, afuera

EL CAFÉ

conviene un café al borde de las piscina, una conversación amena sobre el Estado del Bienestar, un apunte melancólico que nos ponga tiernos apurar los posos como si fuesen últimos

cómo huir del invierno, pero no basta el compacto de Bach, el bourbon en la mesita y la noche afuera haciendo un barrido sideral de mi tristeza

Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así ese zapato invisible del escaparate, fijados en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí están los libros, los discos, Charlie Parker y Milan Kundera esta noche.

No hacer nada, no tener tampoco conciencia alguna de ese abandono enteramente premeditado, manso y lúcido, pero acaba uno poniendo siempre nombre a la pereza, consintiendo que las palabras ocupen su lugar y todo sea previsible. El acto de no hacer nada se transmuta en una empresa fatigosa y traducible a términos de éxito, de fracaso. Consiste todo esto en modificar el decurso rutinario de las horas, improvisar algún atentado contra la naturaleza elemental de las cosas, esto es, que al dos le preceda un barco o que el uno exhiba un tono azulón en las grandes ocasiones.

Artificios de la inteligencia creativa. Páramos de recreo verbal. Debilidad de todos los sentidos.

 La vida queda entonces en novelita frívola.

AGARRADOS

Todo son emboscadas semánticas, bailes de juventud esparciendo azúcar sobre el pickup para que los boleros en los agarrados se engolosinen y resulten más lúbricos.

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